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Un antiguo jefe mío, cuando trabajaba en el Cervantes, me dijo que ya no merecía la pena leer el periódico porque no se podía imaginar una noticia de más impacto negativo para la civilización occidental que la caída de Constantinopla. Era una forma de expresar el terrible hecho de la caída de Constantinopla. Efectivamente, después de una historia que comenzó en el siglo VII a.C., el día 29 de mayo de 1452, la ciudad fundada por el emperador Constantino el Grande, cayó en manos de los turcos otomanos. Habían pasado más de 20 siglos durante los cuales Roma se había mantenido viva sin que nadie antes pudiera haber eclipsado tanta gloria, tanto poder y tan brillante historia.

Las causas profundas de la caída de Constantinopla fueron muchas, complejas y profundas, pero me gustaría detenerme en dos causas próximas que fueron definitivas para que se produjese la caída de la ciudad imperial de Constantino en esa precisa fecha. La ciudad, además de su posición privilegiada en el Bósforo, contaba con unas colosales murallas que la defendieron de innumerables ataques de los turcos durante siglos.

El autor austriaco Stefan Zweig, en su brillante opúsculo: Momentos estelares de la humanidad, narra la caída del imperio romano de oriente en 1453, con la citada toma de Constantinopla por el sultán turco Mehmet. Pocas veces se ha producido un hecho tan relevante en la historia. Una de las cuestiones referidas por Zweig versa sobre el increíble fallo producido al dejar abierta una pequeña puerta sin importancia y sin ninguna misión militar, destinada únicamente al pequeño trasiego de mercaderías cuando aún, en la vida corriente, no se habían abierto las puertas principales.

Siete inexpugnables kilómetros de ciclópeos sillares y gigantescas puertas de nada sirvieron para detener el empuje jenízaro como consecuencia de un fallo tan descomunal como el dejar abierta tranquilamente, sin vigilancia alguna, la Kerkaporta, que así se denominaba a la insignificante puerta de tan infaustos resultados.

Además de ese fallo convendría resaltar el hecho de que los turcos, buscando un camino alternativo para superar la entrada al Cuerno de Oro - estuario natural que dividía a Constantinopla y que fue defensa natural frente a todo tipo de ataques -, encontraron otra vía que les proporcionó la posibilidad de utilizar los imprescindibles barcos para atacar la ciudad. La defensa de la entrada al Cuerno de Oro hacía inexpugnable el estuario. Para superar esta dificultad, los otomanos, dando un rodeo, trasladaron por tierra sus naves y, una vez superada las barreras de defensa del Cuerno de Oro, procedieron a la botadura en las aguas del puerto, lo que les permitió atacar la ciudad con total facilidad.


Por una parte, un fallo tonto de seguridad - la Kerkaporta - fue algo desastroso, como se ha indicado, para la defensa de la ciudad. La seguridad en general y, muy especialmente, la seguridad informática debe cuidar con sistemática minuciosa todos los puntos por donde pudiera producirse un ataque contra la seguridad de los sistemas. No basta con proteger muy bien los principales y más significados puntos débiles. Hay que proteger todos los puntos susceptibles de ser atacados aunque sea improbable que se fije la atención sobre ellos. La seguridad es algo binario, o se tiene o no se tiene. De ahí la inexcusable necesidad de ser exhaustivos en el análisis de la seguridad de un sistema. Sin dicho análisis se correrá el riesgo de olvidar algunos aspectos que, siendo secundarios, sin embargo, pueden ocasionar destrozos altamente significativos.

Por otra parte sería interesante resaltar como ejemplo de pensamiento lateral la acción de los turcos de transportar los barcos por tierra para sortear las inexpugnables defensas del Cuerno de Oro. Cuando fallan las vías convencionales hay que practicar el pensamiento lateral buscando nuevas vías que rompan con los comportamientos que serían los lógicos y convencionales en situaciones normales pero que pueden no dar solución para conseguir el objetivo final perseguido cuando se presentan situaciones especiales.



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