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GALARDONES y DISTINCIONES

Waterloo fue una de las batallas más famosas de la historia tanto por su repercusión política como por representar la derrota de Napoleón y su consiguiente destierro a la isla de Santa Elena hasta su muerte en 1821. El origen de la batalla se debió al regreso de Napoleón desde la isla de Elba a París donde volvió a recuperar el poder, destronando a Luis XVIII. Los aliados se reunieron de nuevo en el Congreso de Viena y decidieron pararle los pies al emperador francés a través de la denomina séptima Gran Alianza. La batalla tuvo lugar el 18 de junio de 1815 en Waterloo, una pequeña población de lo que hoy es Bélgica. El mando de las tropas francesas correspondió a Napoleón  y el de las tropas aliadas al duque de Wellington. Entre los aliados se encontraban los ejércitos inglés, holandés, belga y alemán; además, también se integró en el lado aliado el ejército prusiano.

Por parte francesa combatieron  74.000 hombres sufriendo 40.000 bajas. Por parte de los aliados, incluyendo Prusia, combatieron 127.000 soldados con un resultado de  22.000 bajas. La batalla estuvo equilibrada durante bastante tiempo; sólo al final se decantó a favor de los aliados. El gran error de Napoleón fue su exceso de optimismo y una autoestima desbordante que, por otra parte, le caracterizó a lo largo de toda su carrera militar. No es de extrañar esa autoestima ya que hasta el propio Wellington afirmó que sólo Napoleón valía por 40.000 soldados.

En un principio el emperador creyó que podría alcanzar la victoria en media hora pero las cosas se le fueron complicando y la estrategia defensiva de Wellington, que siempre le había caracterizado, dio sus frutos y máxime contando con un aliado climático como la desastrosa situación del campo de batalla con agua, nieve, viento y barrizales, poco adecuada para el estilo de lucha de los ejércitos napoleónicos. En la derrota influyó el que la Guardia Imperial, que llevaba 11 años sin conocer la derrota, contra todo pronóstico, fue abatida por los aliados.


Conviene destacar que si bien desde el punto de vista militar en Waterloo vencieron los aliados, al final - y eso es lo verdaderamente importante - las ideas napoleónicas acabaron por imponerse en toda Europa. El estado absolutista terminó con Napoleón y comienza la Europa contemporánea con la organización constitucional de los estados.

Las grandes batallas se ganan, al menos a medio y largo plazo, en el campo de las ideas. En las organizaciones empresariales y en las instituciones públicas también acaban por imponerse las ideas más creativas y modernas. Los partidarios del pasado pueden ganar batallas importantes y mantener durante una serie de años ideas periclitadas y superadas; pero, antes o después, siempre se imponen los nuevos paradigmas.

En el campo de la informática ocurre exactamente lo mismo. Grandes y poderosos centros informáticos tienden a seguir manteniendo modelos que, si en un tiempo fueron novedosos y aportaron gran valor a su organización, acaban por estar anclados en el pasado. Los directivos de auténtica valía son capaces de ver cuando un determinado modelo se ha quedado anticuado y en qué momento debe ser sustituido por otro. Waterloo es el prototipo de batalla en la que el modelo de los aliados era ya un modelo periclitado. Su victoria acabó por convertirse en una clara derrota. Frente a Waterloo, a título de ejemplo, se puede señalar que Farsalia fue una victoria en la que el aspecto militar coincidió con el modelo futuro de sociedad. La república romana estaba periclitada y el imperio abrió un nuevo modelo que fue fructífero durante 1.500 años.



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