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Las sociedades y países que han tenido asentados los pies en el suelo y han actuado con realismo son siempre las que han alcanzado el éxito. Las que se han movido en entre quimeras, optimismo y falta de realismo siempre han acabado en el fracaso más absoluto. Posiblemente, el éxito de los países del norte de Europa y de los situados en América al norte de río Grande se deba a su realismo, dejando las ensoñaciones y las aventuras románticas a los del sur.

En Robinson Crusoe, la famosa novela de Daniel Defoe, se presenta una defensa del realismo que merece la pena ser tenida en cuenta. El libro narra la historia de un náufrago que después de varios naufragios acaba arribando a una isla cercana a la desembocadura del Orinoco. Durante 28 años permanece en la isla, primero sólo y después acompañado de otros indígenas y especialmente de uno de ellos al que le salva la vida y bautiza con el nombre de Viernes. Robinson es un ejemplo claro de la voluntad y el deseo de supervivencia del hombre. Al arribar a la isla tiene que construirse una guarida y echar imaginación para proveerse de alimentos, vestido y defensa.

Después de permanecer durante largo tiempo en solitario observa como unos caníbales arriban a la isla y se preparan para comerse a otros indígenas. Robinson consigue salvar a uno de los salvajes y le convierte en su ayudante enseñándole la lengua inglesa y adoctrinándole en el cristianismo. Años después pasa cerca de la isla una nave inglesa con tripulación amotinada cuya intención es dejar al capitán en la isla desierta. Robinson ayuda al capitán a acabar con el motín, quedando finalmente en la isla los amotinados y con la promesa de que volverán a por ellos.

En Robinson Crusoe se destacan una serie de valores muy propios del puritanismo inglés de la época: la voluntad de superar las dificultades, la tenacidad en conseguir los objetivos o el no decaer ante la adversidad.


En un capítulo apasionante de la novela Robinsón describe la construcción de una piragua horadando un gran tronco de árbol que había seleccionado antes con gran cuidado y que encontró en un lugar alejado de la costa. Cuando, después de ímprobos esfuerzos, acabó de construir la piragua e intentó arrastrarla hasta llegar al mar se percató de que era una tarea imposible porque había construido una piragua demasiado grande con cuyo peso no podía en modo alguno.

Robinson Crusoe acaba el capítulo con una excelente frase referida a su fracasado intento, la cual debería estar muy presente en la mente de todos los directivos: “Esto me afligió mucho, y entonces vi, aunque demasiado tarde, la locura que significaba empezar una obra antes de calcular lo que cuesta ejecutarla y antes de calibrar fielmente nuestras fuerzas para terminarla.” Muchas veces el exceso de optimismo nos puede llevar a confusión y a comenzar proyectos que luego acaban en auténticos fracasos.

Seamos realistas y huyamos de todo tipo de optimismo. Decía Ernest Hemingway que un optimista es aquel que considera que porque una rosa huele mejor que una col, de ahí se puede concluir que es mejor una sopa de rosas que una de col. Cuidado con dejarse engañar por el optimismo.



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