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Galardones
GALARDONES y DISTINCIONES

Isabel de Farnesio, heredera del Ducado de Parma, se casó en 1714 con Felipe V en segundas nupcias después del fallecimiento de la primera mujer del primer Borbón español, María Luisa Gabriela de Saboya. La concertación del matrimonio se debió en gran medida al impulso del Cardenal Alberoni y de la intrigante Princesa de los Ursinos, Ana María de la Trémoille, la cual había llegado a España acompañando y protegiendo a Felipe V en 1700. La princesa de los Ursinos era confidente y dama de toda confianza de Luis XIV de Francia y el Rey Sol consideró oportuno enviar a alguien que vigilase el comportamiento de Felipe V a la sazón joven inexperto de 17 años. Durante casi 15 años la poderosa princesa ejercicio una enorme influencia y poder en los asuntos de estado de la monarquía española. Por ejemplo, lo que son las cosas, influyó decisivamente en que Felipe V nombrase primer ministro al italiano Cardenal Alberoni el cual era buen amigo de María de la Trémoille.

Tanto tiempo ejerciendo influencia y poder hizo que se le subieran las ínfulas a la princesa de los Ursinos y así cuando la prometida del rey Felipe V, Isabel de Farnesio, llegó a España no tuvo muchos reparos en tratarla con cierto desdén e incluso falta de respeto. Isabel de Farnesio era por aquel entonces una joven de 22 años, bastante fea, con la cara picada de viruelas y gorda. Se decía que comía sin parar mantequilla y queso de Parma, lo cual hizo que se la llamase La Parmesana. Se cuenta que en el primer encuentro entre la Princesa de los Ursinos e Isabel de Farnesio, la princesa francesa le espetó a la prometida del Rey la famosa frase: “pero que gorda estás”. Isabel de Farnesio, que tenía bastante mal carácter y desde el principio le quiso dejar muy claro a la de los Ursinos, y a la corte en general, quién era ella, dio la inmediata orden de expulsarla de España para siempre, poniéndola en la frontera francesa rodeada de guardias, sin dejarla ni siquiera recoger el equipaje. No hay que ignorar, además, que Isabel de Farnesio estaba alertada contra la prepotencia de la princesa ya que su tía, Mariana de Neoburgo, esposa de Carlos II El Hechizado, le había advertido del habitual y déspota comportamiento de Maria de la Trémoille.


Muchas veces, determinados directivos ampliamente experimentados y con importante capacidad de poder e influencia intrigan para promover determinados nombramientos pensando que luego los recién nombrados se dejarán manipular, pudiendo hacer con ellos lo que se quiera. Pensando que el nombramiento se lo deben a ellos suelen menospreciar al nuevo nombrado y le comienzan tratando con desdén muy al estilo de la Princesa de los Ursinos. En no pocas ocasiones, como dice la vieja expresión: “la criada sale respondona”. El intrigante directivo se puede encontrar en la calle y con un palmo de narices sin que su valedor principal le defienda porque hay mucho Felipe V que olvida pronto los servicios prestados. Hay que evitar que se produzcan situaciones como la del encontronazo entre Isabel de Farnesio y María de la Trémoille, porque es fácil que se encuentre con la horma de su zapato y de patitas en la calle. La prudencia, el exquisito trato, la educación y nunca el desdén, el menosprecio, la altanería y el orgullo, serán una excelente actitud para mantener la posición de privilegio costosamente alcanzada. No hay que olvidar nunca que el nuevo nombrado es el jefe y conviene tenerle respeto y obediencia. Tiempo habrá de ganar su confianza y consolidar la difícil posición alcanzada durante tanto tiempo. Los inevitables cambios en los niveles directivos producen necesariamente reajustes en los equilibrios de poder de las organizaciones, los cuales no suelen ser favorable para aquellos que se pasan de prepotentes y desprecian a los recién llegados a la organización. Nunca el terreno está conquistado, hay que conquistarlo una y otra vez.

A lo largo de la historia la actitud recogida por Lope de Vega en su obra El Perro del Hortelano, ha sido una de las constantes históricas más sólidas. La obra se inspira en el refrán que dice: "El perro del hortelano, ni come las berzas ni las deja comer al amo". Cuenta las andanzas de una dama presumida y frívola, Diana, condesa de Belflor y de su secretario Teodoro, un joven escritor de condición social plebeya.

La condesa está enamorada de su secretario Teodoro pero no le es posible casarse con él por su baja condición social aunque tampoco puede tolerar que Teodoro y su sirvienta Marcela puedan mantener relaciones amorosas y, por ello, mediante las oportunas intrigas y maniobras, intenta estropear esta relación.  En suma la condesa mantiene enredado a Teodoro, dándole celos,  pero sin dar el paso definitivo de unirse a él, ni tampoco permite que Marcela se haga con Teodoro. Al final, mediante una maniobra de Tristán, el bufón de la duquesa, se consigue engañar a un duque español y que éste reconozca a Teodoro como el hijo que creía muerto, aunque eso no sea cierto en absoluto. Ante esta nueva situación Diana acaba definitivamente unida a Teodoro.


En la vida de las empresas es muy habitual que se presenten situaciones como la de "El perro del hortelano", pero no en el plano sentimental, que también las hay, sino en el profesional. En no pocas ocasiones se ofrece un puesto a un determinado ejecutivo y éste no lo acaba de aceptar pero tampoco de rechazar, manteniendo una situación ambigua que acaba por hartar al que le ha ofrecido el puesto, al dubitativo que no come ni deja comer  y a los que están en fila de espera y estarían encantados de aceptar el puesto que el primero no acaba de aceptar ni de rechazar.

Las posturas a lo perro del hortelano son nefastas para todas las partes implicadas. Lo conveniente en estos casos es que el jefe que ha hecho la oferta dé el oportuno ultimátum y fije una fecha final para que el dubitativo elija definitivamente una u otra opción. Por parte de aquel al que le ha hecho la oferta lo que tiene que hacer es fijarse el mismo la fecha final para tomar la decisión, sin intentar alargar su decisión indefinidamente. Eso sí, antes de tomar su decisión definitiva conviene que haya evaluado de forma sistemática y cuantificable las ventajas e inconvenientes de la oferta que se le ha hecho y compararla con el puesto que venía ocupando hasta el momento. Reflexionar sobre una oferta no sólo es conveniente sino imprescindible, pero una vez hecha la oportuna reflexión, hay que actuar y no seguir dándole vueltas a la cabeza. En cualquier caso, aunque se cometa un error, la vida no es definitiva y siempre hay formas de enmendar dicho error.

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